Los zapatos incluso nos pueden servir de termómetro económico

Símbolo de poder "Al igual que los hombres de poder lucen sus relojes, las mujeres de poder lucen sus tacones"

Símbolo de poder “Al igual que los hombres de poder lucen sus relojes, las mujeres de poder lucen sus tacones”

Miami, 8 de octubre de 2013. Son los monarcas absolutos del guardarropa, donde campan a sus anchas y, además, en ocasiones, esconden una pasión desbocada, adictiva y casi sexual.

Los clientes más incondicionales tienen entre 35 y 55 años. La coquetería es para todos, hombres y mujeres, pero sobre todo ellas: una mujer occidental atesora de media una veintena de zapatos, de los cuales la mitad duerme el sueño de los justos, y al menos hay un par sin estrenar. El hombre se conforma con una media de cuatro pero bien cuidados: dos de vestir y dos más informales.

Simbolismo

Según una encuesta encargada por una firma de venta un tercio confiesa, además, comprar zapatos sin motivo aparente. Ningún otro complemento está revestido de tanto simbolismo: cada par de zapatos refleja una faceta diferente de nuestra personalidad. Una mujer no será la misma con unas bailarinas que con unos tacones de aguja de quince centímetros, o un hombre con zapatillas deportivas en vez de mocasines.

Y cuando hablamos de zapatos, y de pies, entramos en un terreno de sensualidad y fetichismo que explica la extraordinaria fascinación por un objeto que, en principio, sólo sirve para proteger los pies de la dureza del suelo. Para Freud, el zapato simbolizaba la vagina, y el pie, al introducirse en él, el miembro viril… Pensemos también en la milenaria tradición china de vendar los pies a las niñas. “Durante siglos, las mujeres no han enseñado los pies, era un tabú, un objeto de deseo que ejercía un poderío tremendo, pecaminoso. Y antes de que llegara el siglo XX, el zapato era lo más sexy que una mujer podía mostrar –explica Pilar Pasamontes, historiadora de la moda, vicepresidenta de Modafad y directora científica del IED Barcelona–, y en nuestra sociedad actual nos ha quedado esa impronta”.

“La fascinación nos viene desde que somos pequeños; siempre que había una ocasión especial estrenabas zapatos”, considera Antonio Morales, diseñador y coordinador del posgrado de Diseño de Calzado de la Escola Superior de Disseny Felicidad Duce. Con los zapatos podemos llegar a tejer inestimables relaciones de afecto. “Cuando compramos unos zapatos porque nos gusta su diseño y nos van muy bien, nos cuesta mucho reemplazarlos por otros al cabo de unos años, cuando empiezan a estar viejos y gastados”.

Los zapatos son el principio y el fin de la felicidad

“Los zapatos son el principio y el fin de la felicidad. Un buen calzado nos sostiene, nos protege y nos aísla del suelo, pero algo tan simple como una rozadura, nos puede acarrear la más dolorosa incomodidad”, asegura Lourdes Rodríguez, coolhunter y ex directora creativa de una firma de zapatos. El confort no es siempre una prioridad: los más exquisitos zapatos de diseño pueden ser igualmente sofisticadas máquinas de tortura. “Los taconazos imposibles no están diseñados para caminar, sólo para ser lucidos”, dice Rodríguez. Son la moderna versión del incomodísimo corsé dieciochesco. La belleza tiene un precio, o al menos eso deben pensar las pacientes que se someten a las nuevas y controvertidas técnicas de cirugía podal específicamente pensadas para lucir mejor los tacones, muy de moda en Estados Unidos: inyecciones de colágeno en la planta del pie para amortiguar la pisada, liposucción de tobillos, reducción o incluso amputación del dedo meñique…

Los zapatoadictos

Los zapatoadictos (conocidos en el mundo anglosajón como shoealcoholics) reúnen pares y pares como preciados objetos de colección. Como Anna Carbonell, especialista en reputación on line, que no tiene problemas en confesarse “adicta” a este complemento. “Lo mío no tiene mucho remedio, aunque no es intencionado. De pequeña nunca miraba escaparates de juguetes, sin embargo, siempre me quedaba embobada frente al de las zapaterías. Tengo que tener un mínimo de un par en el vestidor para estrenar, por si tengo algún día malo. Cambié el comprar souvenirs por pares de zapatos cuando viajo. Tengo más de 120 pares, 100 de ellos con tacón. Tengo de todas las marcas, de Louboutin a Zara. He comprado en Australia, en Italia, en Estados Unidos, en Bélgica… y, por supuesto, en París, Londres, Barcelona…”.

El Rey Sol fue uno de los primeros adictos

El Rey Sol fue uno de los primeros adictos, aunque el caso más paradigmático es el de Imelda Marcos, esposa del dictador filipino Ferdinand Marcos. Se le adjudicaban más de tres mil pares, pero cuando el matrimonio huyó del país en 1986 sólo se encontró la modesta cifra de 1.220, la mayor parte de los cuales hoy han sido dañados irreparablemente por las termitas y la humedad. Estrellas como Céline Dion o Madonna han confesado tener cantidades similares de zapatos. Y no es sólo cosa de féminas excéntricas: Noel Gallagher, exmiembro del grupo Oasis, confesó haber superado su adicción a la cocaína gracias a su obsesión por las zapatillas deportivas Adidas.

Las clásicas Converse

Las grandes firmas estiman que un 80% de las zapatillas deportivas que se compran en el mundo no están destinadas para su uso original, hacer deporte. Los coleccionistas y magnates del hip-hop poseen centenares. Las clásicas Converse, zapatillas de lona de principios del siglo XX, fueron diseñadas para jugar a baloncesto; en la actualidad, entre originales y copias, son el calzado más vendido del mundo.

Ya lo han visto: la compra desmedida de zapatos, llevada al extremo, puede convertirse en adicción. Los especialistas advierten que vivimos en un mundo en el que se nos incita constantemente al consumo, por lo que puede ser fácil caer en un afán incontrolado por adquirir cosas. Cuando se hace a escondidas, o se acumulan pares que nunca se usarán, o se gasta dinero por encima de sus posibilidades, o si tras la compra feroz se llega a un sentimiento de frustración, podemos estar frente a una patología que puede requerir la ayuda experta de un terapeuta.

Por sus zapatos le conocerás

Por sus zapatos le conocerás La variedad de formas, estilos y colores transmiten mensajes sobre quiénes somos, cuál es nuestro estatus y cuáles son nuestras intenciones, si somos dogmáticos o creativos, seguros o inseguros… mucho más de lo que creemos. Un reciente estudio llevado a cabo por las universidades de Wellesley y Kansas (EE.UU.) muestra que, si bien un libro no se puede juzgar por la portada, de una persona podemos saber muchas cosas tan sólo fijándonos en sus zapatos. Durante la investigación, se pidió a los participantes evaluar la personalidad, estilo, ideología y características demográficas (edad, sexo, ingresos…) de personas basándose únicamente en una imagen de sus zapatos. La foto representaba el par de zapatos que el propietario viste más a menudo, y los investigadores pedían simplemente una primera impresión. Estos propietarios habían previamente realizado un test en el que se definían a sí mismos siguiendo dichos criterios.

Los resultados arrojaron algunas conclusiones poco sorprendentes, como que las personas con altos ingresos llevaban zapatos caros, mientras que los librepensadores baratos y desgastados. Los extrovertidos se inclinan por un calzado vistoso, colorido y llamativo. Los más meticulosos no llevan zapatos nuevos pero los llevan impecables. Otras conclusiones fueron menos evidentes; por ejemplo, los propietarios que llevan zapatos marcadamente masculinos o con tacón alto tienden a ser menos agradables. De hecho, las personalidades agresivas prefieren botas o botines altos, mientras que las personas más sociables llevan un calzado funcional y práctico. Ahora bien, los investigadores pudieron observar que muchas personas compran y usan estratégicamente el calzado para crearse una imagen pública, que en ocasiones no se correspondía con los cuestionarios de autodefinición.

Los zapatos incluso nos pueden servir de termómetro económico. Tradicionalmente, en época de incertidumbre y recesión aumentan las ventas de zapatos de tacón alto como forma de evasión ante la cruda realidad.

Un complemento occidental

Un complemento occidental A pesar de que un 90% de los zapatos que se venden en el mundo han sido fabricados en Asia (China, Vietnam, India e Indonesia principalmente), es en Europa y Norteamérica donde más zapatos se compran. El Viejo Continente, que sólo produce un 6% del total global, es el mercado más importante, con una cifra de negocio estimada de  50.000 millones de euros. Dice un proverbio inglés que hay dos cosas en la vida en las que debes invertir: calzado y colchón, porque si no estás sobre el uno estás sobre el otro.

“El mundo del calzado está sufriendo la crisis a su manera”, indica Lourdes Rodríguez. “No sólo China, también Inditex nos trae cada temporada versiones low cost de las grandes firmas internacionales, y después, el resto de marcas y comercios hacen lo propio: una mezcla entre las tendencias de la calle y las de la pasarela. Los cazadores de tendencias rastrean webs de todo el mundo en busca de indicios de cambio: plataformas en forma de bloque, zapatos con reflejo tornasol y de holograma, punteras cada vez más puntiagudas… Y terminan en todas las tiendas en un abrir y cerrar de ojos”.

Símbolo de poder

El diseñador de calzado debe escoger muchas veces entre hacer diseños cómodos y funcionales o estéticos objetos de deseo. “El proceso de diseño de un zapato es muy diferente al de otros complementos o a la ropa. Un vestido no necesita adaptarse tanto a una forma predeterminada ni va a soportar el peso del cuerpo. El diseñador crea las líneas del zapato, escoge sus materiales y colores, pero intervienen otros expertos con conocimientos muy técnicos, como el hormero, que conoce la anatomía, los huesos y el patronista, que debe ajustar el diseño para que podamos, por ejemplo, flexionar el pie. Es muy difícil crear un buen zapato”, certifica Antonio Morales.

Símbolo de poder “Al igual que los hombres de poder lucen sus relojes, las mujeres de poder lucen sus tacones”, opina Pilar Pasamontes. “Históricamente, el zapato ha simbolizado estatus. Los esclavos, las clases bajas, iban descalzos”, añade. Anna Carbonell coincide con esta afirmación: “Siempre trabajo con tacones. Aunque no lo creas, en un mundo liderado por hombres unos tacones ayudan a que no te miren por encima del hombro en más de una ocasión…”.

Para Julie Benasra, joven directora y guionista francesa, autora del documental God save my shoes (Dios salve a mis zapatos), en el que hace un recorrido por la pasión desmedida por los tacones de la mano de adictas como Dita von Teese y grandes creadores como Louboutin y Blahnik, considera que “ningún otro complemento transforma tanto el cuerpo de una mujer como el zapato de tacón. Es instantáneo y menos fastidioso que el deporte: realza pecho y nalgas, hace bascular la pelvis, afina y alarga las piernas, el pie se arquea… Una mujer con tacones seduce más porque sus activos naturales se realzan y porque parece vulnerable. Sus movimientos son más lentos, no puede correr, algo que la vuelve más delicada a la mirada de los hombres que se sienten hoy un poco amenazados por el empowerment de las mujeres. Es el único objeto que yo conozca que vuelve a las mujeres dominantes y sumisas al mismo tiempo“.

Los zapatos son una mentira. Y mentirse está muy bien.

Para el psicoanalista Patrick Lambouley, “los zapatos son una mentira. Y mentirse está muy bien. Cuando lo sabemos, jugamos con ello y llevamos esta mentira con estilo”. Una mentira de altura a la que muchos hombres poderosos también se han aferrado: los exmandatarios Nicolas Sarkozy y Silvio Berlusconi llevaban calzas disimuladas en el tacón de sus zapatos de hasta siete centímetros, hechas a medida.

Los tacones son armas de seducción masiva, pero también unos bonitos zapatos masculinos pueden dar juego. “Yo casi miro los zapatos de un hombre antes de mirarle a los ojos”, bromea Pilar Pasamontes. El calzado, pues, deja huella.

Fuente:
LaVanguardia

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